Idalia

27 enero 2015

Con los ojos cerrados, acaricias la tela. Es rugosa, notas su textura contra tu piel. Llevas varias horas repitiendo el mismo movimiento, pero aún reaccionas ante el contacto frío de los lugares que no habías tocado. Y ocurre exactamente igual con tu rostro y tus mejillas. El cristal está caliente en su mayoría, pero aún quedan zonas fuera de la estela que perfila tus sienes que te dejan sentir los pocos grados que hay fuera. Y es que, vaya frío está haciendo este invierno.

Las voces de Simon & Garfunkel se funden con tus pensamientos y se cuelan en tu interior a través de tus oídos, cubriéndote con su "Hello Darkness, my old friend". El sol traspasa el velo de tus párpados y notas su calor en tus pestañas. Al abrir los ojos, la luz te ciega por un momento. Y parpadeas despacio, sin terminar de despertar del todo, aunque ni siquiera estabas durmiendo. Diriges la mirada a la izquierda, los árboles corren a tu lado, se difuminan con los colores del atardecer. Tus ojos se mueven más rápido, esta vez siguiendo otros coches. Y ves a las personas que hay en ellos. Parpadeas despacio. Casi pareciera que te duermes entre cada parpadeo. Pero no es así.

En cada uno de ellos, imaginas sus vidas. Una muchacha joven conduce un Mini color chocolate. Las gafas de sol son tan grandes que le tapan hasta las mejillas. Su pelo es negro, liso y brillante. El flequillo perfectamente peinado con un cepillo redondo. Los labios rojos. Parece una pin-up. Sus dedos tamborilean contra el volante, frenéticos. Los ojos, sin embargo, fijos en la carretera. No los ves, pero sabes que es así. La muchacha se dirige a una cita. No conoce aún a la persona, pero esa es su intención. Descubrirá qué era cierto y qué no lo era de entre las cosas que se dijeron. Y se decepcionará de ver que muchas cosas son distintas. Le dedicará una sonrisa formal al muchacho. "Ha estado bien. Deberíamos repetirlo". Pero no lo hará.

Expiras aún con los ojos cerrados, e inspiras al abrirlos. Un siete plazas gris adelanta a tu conductor al ritmo de Country Roads. Nunca falla, el tipo de familia se repite vayas donde vayas. El padre que conduce, la madre que habla sin parar, el hijo con el móvil y la hija con su música. La mujer es joven. Probablemente no pasará de los cuarenta y pocos. Sin embargo, su rostro está curtido por el trabajo. Las manos también lo están. Es una mujer fuerte y luchadora, una madre ejemplar, una cocinera innata y estás seguro de que cuenta las mejores historias para ir a dormir. Pero sus historias no se escuchan. Sus pasteles no reciben halago alguno. Su fortaleza no se reconoce. Y, las palabras que ella emite en ese coche tan grande, chocan contra las ventanas y se pierden entre los escondrijos de los asientos.

Llega ese momento entre canción y canción, donde el silencio se apodera de cada una de las esquinas del lugar donde te encuentras. Un silencio que se cuela bajo tu ropa, que te invade los oídos. Puedes ver el silencio en las palabras que no salen. El silencio está en el ruido del motor, en el sonido del viento, en tu respiración pausada, en el bostezo de tu amigo. En el canto de ese pájaro que ves sobre los palos de luz, pero que no alcanza tus oídos. En el entrechocar de las ramas de los árboles, en las piedras que descienden por la montaña más cercana. El silencio se encuentra en los ojos verdes que te miran desde el otro lado de la ventana.

Un nuevo coche se cruza en tu camino. Un taxi, con una única pasajera en los asientos de atrás. Es una muchacha que parece estar viviendo el mismo momento que tú. Y ella te ve, y sus ojos se clavan en los tuyos por un instante. Su cabello es claro y con rizos rebeldes. La nariz es respingona y los labios algo finos. Sus comisuras se curvan hacia abajo inconscientemente, en una mueca que expresa la monotonía del viaje que está experimentando. Su rostro es claro, la cara es pequeñita pero, pese a ese hastío, sus ojos están llenos de vida, brillando con el color de la primavera. Un nombre te viene a la mente. Idalia. Como si de un pequeño chiste se tratara, el sol que va ocultándose en las montañas está oculto tras su rostro, siendo ella la luz que ilumina el viaje. Idalia va a visitar a la familia a un pequeño pueblo del norte. Vaya casualidad, tu también te diriges al norte; pero en tu caso es por trabajo. Sin embargo, Idalia y tú os encontraréis en las calles de piedra del lugar. Tú reconocerás su camiseta de una banda poco conocida, y entonces te darás cuenta de que no es solo una cara bonita. La invitarás a un café, y ella te hablará del último libro que está leyendo. "Yo es que soy más de la peli", le dirás. Y os sumiréis en una charla considerablemente larga donde el tema no queda fijo, sino que va variando con cierta rapidez. Y, es que, se puede hablar de todo con esa chica.

El viaje llegará a su fin, y ambos habréis de marchar. Su ciudad está a varios kilómetros de la tuya, pero prometéis visitaros de vez en cuando. Te das cuenta de que esa chica sea, probablemente, la persona más maravillosa que has podido conocer. No pasará mucho tiempo hasta que decidas mudarte de ciudad, y la conquistes poco a poco, con sutileza. A Idalia no le hacen falta grandes cosas; no le gustan los regalos, pero tiene muy presentes los pequeños detalles. Cierto día, le pedirás una cita en condiciones. Prepararás una velada donde iréis a ver esa película de la que hablabais el primer día, solo para darle el gustazo de poder criticar todos los puntos y así demostrarte que tenía razón. Cenaréis algo sencillo.; con Idalia no hacen falta cosas muy elaboradas. Y, al final de la noche, le dirás que no ha pasado un momento desde que la viste a través del frío cristal en que no hayas pensado un solo instante en ella. Idalia sonreirá y apartará la mirada, con las mejillas teñidas de rosa. "Te quiero", le dirás, girándole el rostro para verte reflejado en la primavera de sus ojos. Y le darás ese beso que tanto estabas esperando. Y, después del beso, vendrán muchas cosas más.

Pasarán los años. Habréis tenido dos hijos, un niño y una niña, y pese a haberlos criado con amor y cariño, serán unos pequeños poco familiares. Pero no les culpas a ellos, ni te culpas a ti ni a tu esposa. Los niños terminan por ser de esa manera en este mundo en que vivimos. Viajaréis al norte, a ver a la familia. Idalia hablará sobre un viaje que hizo tiempo atrás por esa misma carretera. Vuestro hijo tecleará en el móvil como si le fuera la vida en ello. Vuestra hija no escuchará las palabras de su madre, pues la música está tan alta que no le alcanzan los oídos para oírla. Y, sinceramente, ambos sabéis que la niña no quiere oír esa historia de nuevo. Tú irás con la vista fija en la carretera. El sonido de su voz se fundirá con el sonido del motor.

Abres los ojos. La noche se cierne sobre tus hombros como una espesa capa que lleva más consigo de lo que quiere aparentar. El taxi que llevaba a la muchacha de ojos verdes se ha salido de la carretera, y tu conductor ha detenido el coche para ir a socorrerles. Llama a una ambulancia, pero sabe que no hay nada que hacer. Idalia no hará los mejores pasteles del mundo, y no contará las mejores historias. No habrá nadie que escuche lo que tiene que decir. Y nadie le dirá lo ricas que son sus pastas.

1 comentario:

  1. Que bien escribes desgraciada... Felicidades.

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