El fin del mundo

26 mayo 2015

En el Pacífico hay una isla pequeñita. Es una isla que, cada noche, aparece en un lugar distinto y que, con la llegada del amanecer, se hunde en las aguas para viajar hasta su nuevo destino. En esa isla, vive una niña ciega. Una niña que, si eres capaz de encontrarla, te contará por qué se quedó ciega. Pero es muy dificil toparse con ella, así que yo voy a contar su historia.

Tuve la suerte de encontrarla una vez, una noche de aguas calmas. Se presentó ante mi como una única luz en medio de la negra inmensidad del mar. Una hoguera encendida en el centro de la isla. Y, junto a ella, la pequeña. Estaba sentada, mirándome con sus ojos vacíos, cuando bajé de mi barco y pisé, con los pies descalzos, la arena más fina del mundo. Ella ya sabía que yo iba a encontrarla esa noche, así que había preparado una cena. Lo llamó "peces al coco". Consistía en pequeñas sardinillas fritas en agua de coco. Puedo asegurar que, aunque suena asqueroso, no es tan horrible. Al principio, su sabor era extraño. Por una parte el sabor fuerte del pescado, que penetraba mis papilas gustativas alcanzando incluso mi nariz, y llenándome con su olor. Por otra parte, el toque entre salado y dulce del coco, todo ello mezclándose en mi boca. Cuando aún no sabía nada de la niña, las sardinas era todo en cuanto podía pensar. Una vez comenzó a contar su historia, las sardinas pasaban por mi garganta como quien come pipas: sin pararse a degustar el sabor, sin sentir nada, un gesto mecánico para no perder la concentración mientras la escuchaba.

Aunque era una niña, su voz no era suave ni dulce. Tenía la voz carcomida. Sus palabras salían roncas. Roncas por el mar, por el salitre, por la vida. Roncas de experiencias y vivencias. Roncas de sabiduría. "Te voy a contar una historia", me dijo. "Te voy a contar una historia sobre el Fin del Mundo". Si bien sus ojos estaban vacíos, no todo en ella era hueco, y la forma en que pronunció aquellas palabras hizo que se me helase hasta el alma. Todo era extraño en esa niña. La expresión traviesa correspondiente a su edad que, sin embargo, desconcertaba al acompañarse de palabras que bien podían salir de la tráquea de una anciana. Tuve que tragar saliva antes de asentir y darle pie a comenzar. Y, entonces, empezó.
El Fin del Mundo se encuentra en las nubes, por eso nadie puede verlo; por eso no lo ven los astronautas. Si algún día entras en la nube adecuada, te darás cuenta de que es la nube del Fin del Mundo porque no es una nube vaporosa. Es como un algodón, como una chuchería. La nube te acoge, te llena la nariz de dulzura y te nubla la mirada. Ella sabe cómo hacerte entrar, y no te miento si te digo que es capaz de convencer a la más tozuda de las criaturas.

Dentro de la nube hay un árbol. No es el árbol de la vida, ese del que todo el mundo habla y del que tanto abusan los poetas. Este árbol es distinto. Es el árbol del Fin del Mundo. No es muy alto -más bien bajo y regordete- pero alcanzar su cima cuesta horroes. No tiene más que unas pocas ramas, y son ramas vacías y desnudas. Donde debiera haber hojas, hay cielos y casas. Sí, sí, de verdad, no pongas esa cara. Cada rama tiene su propio firmamento, y cada rama tiene una pequeña casita, como quien tiene casas para pájaros. La primera, la más baja, tiene un caserón amplio, con el tejado azul y una enorme luna llena presente en un cielo siempre verdoso. La segunda, un poco más arriba, tiene una casa ya algo estirada, con el tejado verde y el cielo del color del plátano. De hecho, la luna que hay en su cielo es igualita a un plátano.

Toma, ¿Tienes más hambre? Anda, come sardinillas.

Lo que sería la tercera rama constituye su copa. Y no es que sea una sola rama. Toda la copa es un cielo azul oscuro, cuya luna está intermedia entre las otras dos, y que tiene muchas ramitas pequeñas y casas pequeñitas. Aunque hay una casa que es, claramente, la casa de esa rama. Es una torre, alta y delgada, con el tejado rojo. Pero no te creas que es fácil ir de una rama a otra. Hay que ser un escalador experto y, aun así, el viaje es muy peligroso, porque el árbol llora todo el día. Por su tronco caen gotas del tamaño de una nuez, pringosas y viscosas y que, si resbalas con alguna, tienes la muerte asegurada.Sabiendo todo eso, ¿Por qué iba alguien a querer trepar por él? La respuesta es bien sencilla. ¿Quién puede resistirse a saber qué habita en esas casas colgantes de un árbol con tres cielos oculto entre las nubes? No hace falta que respondas. Es una pregunta retórica.

Así comencé mi viaje. La primera de las ramas estaba muy curvada hacia arriba, por lo que, al avanzar un poco, si te soltabas un instante resbalabas hacia abajo y te chocabas con el tronco. Me costó un tiempo poder llegar a la casita. La luna estaba tan cerca y tan grande que me hacía daño en los ojos. Caí sentada sobre su tejado y, con paciencia y cuidado, me deslicé por la fachada y llegué al rellano. Llamé a la puerta, dos veces con el puño, y esperé. Dentro había un humanoide. Era un pez con aspecto de persona y alas de paloma. La boca era enorme y estaba llena de dientes pequeñitos y afilados. "Así que, pese a todo, has entrado, ¿No es así?" me dijo, con la voz grave de un marinero. "¿Pese a todo?", me preguntaba yo. ¿Qué era todo? ¿Las gotas? ¿Las caídas, los golpes? No me dijo nada más sobre ese tema. Solo me dijo que, si quería alcanzar la cima, debía hacerlo antes del amanecer de mi mundo. "Pero, ¿Qué hay en la cima?" le preguntaba yo. Y el pez ya no quiso decir nada más, y me echó de su casita azul.

La segunda rama fue una rama traicionera. No era muy curva pero, cuando se dividía en dos, se metía de lleno en el cielo amarillo, un cielo brillante y que, con su exceso de luz, me provocaba lágrimas. Las dos ramitas se cruzaban entre ellas en ese montón de brillo, y solo una de ellas conducía a la casita verde. Así que me llevó bastante tiempo poder encontrar la rama correcta. Esta vez, cuando caí en el rellano, llamé a la puerta con más prisa, con más fuerza, más golpecitos y más rápidos. No vi qué o quién me abrió hasta que estuve dentro de la casa. Por un momento, creí que era el mismo humanoide de la otra pero, de cerca, pude ver que los colores de su piel escamosa y llena de plumas eran ligeramente distintos. Sin embargo, ahí estaba, la misma sonrisa afilada. Este no fue tan claro como el otro. Le gustaba jugar con las palabras y formar acertijos para que no comprendiese lo que me decía. Yo solo quería lavarme un poco los ojos y tal vez comer algo dulce, pero él quería jugar conmigo primero. Eso me hacía ponerme nerviosa, ya que el otro me había dicho que debía marchar antes del amanecer. Aun así, ¿Por qué debía marchar antes del amanecer? ¿Y si no quería? Nunca he sido demasiado valiente, pero se me cruzó por el pensamiento retar al destino. Obviamente no lo hice. Me pregunto qué podría haberme ocurrido.

El pez fue muy pesado. Me recordaba en cierto modo al Sombrerero de Alicia. Sabes quién te digo, ¿Verdad? Era un tipo muy charlatán. Decía muchas cosas, aparentemente sin sentido, pero él sabía perfectamente lo que estaba diciendo. "No voy a dejar de hablarte solo porque no me escuches. Me gusta escucharme a mí mismo" decía, a sabiendas de que yo no quería oír nada más. "Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo". Mientras hablaba, aproveché para observar atentamente su figura. Sus ojillos, gelatinosos y aplastados, brillaban fuertemente, pero no miraban a ningún sitio. No se movían. Me acerqué a él por un lado y moví la mano, esperando que su mirada siguiese el movimiento. Pero no lo hizo. Eran ojos de pega. El pez estaba ciego. Así que, a sabiendas de que no me iba a ver, fui sigilosa hasta la puerta y me marché, dejándole en plena charla.

La llegada a la copa fue, sin embargo, la parte más sencilla. Impulsándome desde las ramas como si fuesen muelles, salté hacia arriba y alcancé una rama baja que salía de ese cielo nocturno. A diferencia de las otras ramas, esa parte del árbol se puede andar. Es como andar en el cielo. No pisas nada sólido, pero no te caes. La noche de la cima te hace flotar en el Fin del Mundo.

Me acerqué a la parte donde estaba la torre con el tejado rojo. Vi otras casitas, más grandes y más pequeñas, pero no quise entrar en ninguna. Solo podía pensar en la torre, en su misterio y sus secretos, y en salir de allí antes del amanecer. Al caer en su tejado, vi una ventanita. Estaba abierta, y de ella salía un olor delicioso. Me adentré en la torre por arriba y, desde ahí, bajé las escaleras que ocupaban toda su dimensión. Por un momento creí que en esa torre solo había escaleras pero, en cierto punto -y no sé decirte cuál- se terminaron. Bajo mis pies no había nada, excepto una inmensa oscuridad. Aun así, seguía oliendo rico. Probé a dar un salto. Al fin y al cabo, el cielo de la copa tenía suelo. ¿Por qué no iba a poder tenerlo la torre? Pero no es que la torre no tuviese suelo, o que la parte baja estuviese a oscuras. Yo no me había dado cuenta, pero ya no podía ver mis brazos, o mis manos, o mis piernas. Y no estaba oscuro abajo. Estaba oscuro abajo, y arriba, y delante, y detrás. La nada se había apoderado de mis ojos, arrebatándome la visión. Comencé a temblar, andando con pasos cortos, tratando de alcanzar alguna pared con las manos. Pero no había nada. No solo mis ojos se habían ido. Todo se había ido. No podría volver antes del amanecer, ni después, ni nunca. ¿Cómo iba a volver si no sabía ni dónde estaba?

De pronto, sentí una voz a mi derecha y un aliento rozándome el cabello. "No temas. Nunca hubieras podido salir antes del amanecer pues, en tu mundo, siempre hay un lugar donde ya ha amanecido". Me giré, traté de alcanzar a la criatura con mis manos, pero solo pude rozarle con mis dedos: unas escamas frías y pegajosas, que me cortaron en la mano. Algo me empujó y, cuando caí, lo hice sobre arena fina, y estaba rodeada de aquel olor dulzón. Supongo que los misterios del árbol del Fin del Mundo se encontrarían en las pequeñas casas que no quise mirar. Dime, viajero, ¿No crees que es hora de volver a tu barco? Ya casi ha amanecido. Deberías marchar.
 Cuando la niña terminó su historia, ya no me quedaban sardinillas. Viendo el cubo vacío, me sonreí pensando que, tal vez, los peces al coco eran en realidad los pescados alados sazonados con sus propias nubes dulces. Qué idea tan siniestra. Decidí aceptar la invitación de la niña y me levanté, dirigiéndome a mi barco. Me despedí de ella desde él, y me adentré en el mar, continuando con mi viaje. Aunque casi puedo jurar que, con la luz del sol, mientras vi la isla hundirse en el mar también vi una especie de ser blanco, con aspecto humanoide y cara de pescado, que me miraba con sus ojos vacíos al tiempo que el agua le cubría por completo.

 Imagen inspiradora del relato, cortesía de Momo. ¡Visitad su blog!

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