L'étoile et le mat (Cartas XVII y XXII)

13 mayo 2015


Dormía la primavera una noche de abril. No había viento que soplase, ni animales que custodiasen los bosques. Tampoco olas arropando a los peces en la cama de su mar, o flores naciendo para la luna. Esa noche, la primavera dormía y, con ella, dormía la vida. Pues, ¿para qué iba a existir una noche si no había nadie que la contemplase? En eso pensaba la Estrella cuando decidió crear al Loco.

Ella era un astro blanco, grande y todopoderoso, que observaba la Tierra desde la comodidad de su cielo. Veía la vida desde allí. Veía los animales, veía las plantas, lo veía todo. Pero ella no quería solo ver. Quería un compañero. Alguien inteligente, alguien que le comprendiese y le ofreciese charlas hasta el fin de las palabras. Así, cogió un poco de tierra y moldeó un cuerpo. Cogió algo de agua, y lo impregnó de ella. Con un poco de fuego, dio calor a su figura. Y con el aire del ambiente llenó sus pulmones. Le puso un nombre, uno que ya nadie es capaz de recordar, y le ofreció una mochila donde guardaba los elementos de los que estaba hecho: si la perdía, se perdería a sí mismo.

El Loco, recién nacido pero con la figura de un adulto, experimentó los olores, los sabores y las texturas. Conoció las plantas, la fauna, los paisajes. La noche, el día. Conoció las cosas hasta saberlo todo de ellas. La Estrella le había dejado investigar por su cuenta y, cuando vio que era un hombre sabio, se presentó frente a él como una figura femenina. El Loco había visto muchas cosas, pero no había visto nunca nada tan hermoso. La Estrella era pálida como la luna, con la mirada de nieve y los cabellos de plata. Los labios rojos y las mejillas sonrosadas, y una voz tan ténue como el rugir de las olas en ausencia de viento. Ella se anunció como su creadora, y él recordó entonces la primera imagen que tuvo al ser creado: un punto luminoso, blanco e intenso, colándose tras el velo de sus párpados para después decirle, en un débil susurro, despierta.

La Estrella estaba fascinada con el Loco. Era todo cuanto había querido tener alguna vez. Podían compartir sabiduría, podían contemplar las cosas bellas del mundo, admirarlas y desear que durasen para siempre. No había nada que necesitasen, que les faltara o les sobrase. Todo estaba en su justa medida, y todo era justo cuanto deseaban. Al menos para la Estrella. En cuanto al Loco, aquello no era suficiente. Él quería saber más. Quería tener más. Quería darle más a su amada Estrella. Así que le habló a la Luna, y le pidió sabiduría. Sin embargo, la Luna era caprichosa y egoísta, y estaba celosa de la Estrella, pues ella podía bajar a la tierra y tocar, oler y besar cuanto se le antojase. La Luna, por contra, no podía más que contemplarlo todo desde la lejanía. Así que le propuso un trato al Loco. Ella le enseñaría las cosas que él no era capaz de descubrir si este le prestaba su cuerpo por un día.

Obviamente, el Loco aceptó. Y, desde el cielo, esta vez sí que pudo ver todas las cosas. Pero miró tanto a lo que no veía desde el suelo que descuidó observar lo que tenía más cerca. Durante ese día, la Luna encontró a la Estrella y, con los ojos brillando de celos, desgarró la bolsa del Loco, la que contenía su esencia, su existencia. Aquello provocó el final del pacto, y cada uno regresó a su cuerpo original. La Luna lo observaba todo desde el cielo. La Estrella ya no podía bajar a la tierra. Y, en cuanto al Loco... Sabía demasiadas cosas para estar encerrado en un cuerpo tan pequeño. Cantaba al cielo, lloraba al firmamento, escupía a la tierra y arrancaba la vida a su alrededor. Había perdido la razón, y no había forma de curarle. Así, la Estrella decidió darle a otros como él, otros hombres que le mostrasen la verdadera forma de vivir y ver las cosas. Pero él no podía comprenderles: ninguno de ellos sabría nunca lo que él sabía. Ninguno podría tocar una estrella, besar su cuerpo plateado, su piel translúcida. No podían saber lo que era contemplar el paso de los días y las noches sin motivo, no podían comprender las sensaciones de ver, tocar y conocer. Para ellos, aquello eran pasos intermedios para alcanzar otras cosas. Ellos no tenían ganas o tiempo de disfrutar de cada detalle. Porque sus vidas no eran infinitas. Porque ellos no habían tenido su propia Estrella.

El Loco murió algunas noches después de la aparición de otros hombres. Murió una noche de primavera. Una en que no había viento que soplase, ni animales custodiando los bosques. Las olas callaban, las flores se marchitaban. Esa noche, la primavera dormía. Y, con ella, moría su vida.

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