Buenos días

28 julio 2015


Aún despertando, respira profundo. El olor de tu colonia se le cuela en la nariz y se adhiere a sus brazos, a su pecho, a su rostro. Huele a limpio, pero también afrutado. Al principio le recuerda al olor de alguna fruta, pero no, no es eso; después le huele a verde. A pimienta, a césped recién cortado, a bosque. Pero no es lo verde del bosque lo que permanece en el olor; no, tampoco es eso. Es la parte más dura y rugosa de los montes lo que le impregna la nariz: el mismo tronco de los árboles, la madera. Tu olor se queda en su nariz en forma de madera limpia, madera lisa y también rugosa. Pero no puede ser solo eso. Hay algo más. Algo que le llega más adentro, que le recorre el cuerpo de la cabeza a los pies sin dejarse ni uno solo de sus recovecos. Es un olor que viaja por cada ínfima parte de su sistema nervioso, activando y alterando todo lo que hay en su interior. Es madera, es verde, es cítrico pero, sobre todo, es almizcle.

Se remueve en su estado de letargo, tratando de decidir si le apetece o no dejar de sentir ese aroma tan de cerca. Los ojos aún están cerrados de modo que cuando estira uno de sus delgados brazos para encontrar la compañía en su cama, lo hace con torpeza y cuidado, procurando identificar todo cuanto entra por su sentido del tacto. Primero encuentra una superficie mayoritariamente lisa; sus dedos recorren cada línea que encuentran en la misma, siguiendo las formas, las curvas que se ramifican en otras y estas en otras más. Al estirar un poco más el brazo, todo esto deja paso a una textura suave y fina. La acaricia muy despacio, como si aquello que toca pudiese romperse en mil pedacitos de ser tratado sin el suficiente cuidado, como si el inquilino bajo esa suavidad fuese a despertar de su profundo sueño. Ella sonríe por un momento, dibujando figuritas en lo que cree que puede ser el pecho, dibujando letras con mensajes que nunca descubres, dibujando infinitos de los que nunca te percatas. Pero es tiempo ya de abrir los ojos, de dejar entrar la luz y de iluminar con ella los miedos. Miedo a que al abrir los ojos tú no estés presente. Miedo de descubrir la verdad tras todas esas texturas.

Ella despega los párpados, y sus pestañas aletean lentamente, cubriendo su mirada rojiza con cada parpadeo. Y contempla la verdad, ella respira profundo y huele tu fragancia impregnada en esa chaqueta negra, con algunas líneas que se ramifican y crean formas en lo que ella es. Respira profundo y acaricia el pico del pingüino de peluche, para luego dibujarle un corazón en su barriguita gris y aterciopelada. Sonríe un poco al sol que entra por la ventana, pero la verdad es que no quiere que eso se convierta en sus buenos días.

Con los ojos cerrados, se adentra en sus sueños y sueña que te tiene con ella, que tu olor almizclado le llega desde los poros de tu piel, que acaricia las líneas de tus venas y corre con tu sangre y recorre tu cuerpo con sus dedos. Se adentra en sus sueños y sueña con tu piel suave y aterciopelada, de olor a limpio y a madera de los bosques.

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