Doce

30 agosto 2015

Sus grandes ojos pardos me miran fijamente, colocados en la parte frontal de su cabeza, dejando que un velo rosado les cubra de vez en cuando y apareciendo tenuemente mojados tras ese gesto. Se mantiene inmóvil viéndome nadar, con la cabeza pegada a esa zona invisible y dura que nos separa, ese manto transparente que parece diferenciar la zona acuática y la zona sin agua. Me pregunto cómo será vivir ahí fuera, si podré mantenerme vivo en esa sequedad. A veces nado hasta la superficie y asomo la cabeza para experimentarlo, pero siento que mi piel se reseca y que algo dentro de mí se ahoga. A lo mejor es por sacar solo la cabeza; a lo mejor si saco el cuerpo entero no pasa nada y puedo moverme como ellos lo hacen, reposando mis extremidades sobre lo más bajo de este mundo sin dejarme llevar por el agua.

No es que vivir aquí no me guste; cuando nado, sentir mis aletas vibrar por las corrientes que surgen de mí es una sensación maravillosa. Es un arrastre que me recorre todo el cuerpo y me echa hacia atrás aunque yo vaya hacia delante. Todo a mi alrededor se retuerce y me hace sentir que puedo ser el más poderoso de todos, que un solo golpe mío altera el ritmo natural de todo lo que me rodea. Al nadar, las burbujas me envuelven y suben hasta la superficie, llevando mis mensajes a esa figura de ojos oscuros. No estoy seguro de que me escuche pero el agua obedece mis órdenes y transporta mis palabras en forma de esferas. Esferas frágiles, sí, pero listas: ellas se mueven como si fuesen uno de los nuestros, esquivan todas las dificultades y nadan raudas y veloces hacia su destino. El agua es lista, es obediente y sobre todo es mía.

Doy una vuelta en el interior del muro transparente para evitar esos ojos tan grandes y miro hacia lo que marca nuestros destinos. Fuera de este mundo existe una burbuja amarilla que sube y baja y luego vuelve a subir; es un proceso que ocurre siempre pero que solo logramos ver doce veces. Hay otros tres como yo en estas aguas y por suerte cada uno de ellos apareció en días distintos a los otros, por lo que el mensaje puede transmitirse con seguridad. Dicen que tras esas doce subidas de la burbuja amarilla uno pierde todo lo que sabe. El de colores verdosos ya ha visto sus doce subidas, y ahora la burbuja está descendiendo poco a poco. Está alterado, nervioso, y gira y gira y vuelve a girar. Le hemos dicho que se relaje, que nosotros estaremos aquí cuando se pierda y le explicaremos lo que ha pasado, pero no quiere parar. A mí me quedan dos días hasta mi pérdida, me pregunto cómo será... ¿De pronto sentiremos que todo lo que somos se desvanece? ¿O tal vez sea de golpe? Tal vez sea mientras nos quedamos dormidos, o tal vez nos quedemos dormidos a propósito para perdernos. No recuerdo mi pérdida, pero sí recuerdo cuando me encontraron. De la nada había tres pares de ojos dirigidos hacia mí, pero no eran ojos como los que hay fuera, esos ojos estaban a los lados de la cabeza y me decían con burbujas todo lo que ellos sabían. Al principio me sentí abrumado. Era como si estuviese vacío y nada de lo que dijesen tenía sentido. Pero para la primera subida ya todo estuvo más claro. Miro al verde, que sigue girando sin parar. Tal vez debería dormirme.

Las burbujas nerviosas del perdido se me meten en los ojos y me hacen despertar. Ya ha ocurrido, una vez más uno de nosotros se encuentra desorientado y nos acosa con preguntas. Pero en esta ocasión no solo sus burbujas son feroces, sino que él mismo es agresivo y nos empuja a todos con sus aletas y su cola. Los ojos los tiene más brillantes de lo normal y se mueve con ansia y desesperación e intenta que nos vayamos de allí y le dejemos todo el agua para él. Los grandes deberían sacarle de aquí y dejarnos a los demás vivir en paz. Pero cuando la burbuja sube lo suficiente y ellos vienen a darnos de comer, no es al verde al que cogen, sino a mí. De pronto me veo envuelto en algo que no había visto nunca, no es transparente como todo lo que me rodea sino blanco y con tan poca agua que mi cuerpo se reseca de vez en cuando. No veo dónde me llevan ya que la superficie está cubierta, por más que lo intente no logro salir de ahí. Todo a mi alrededor se mueve y se balancea y parece que es eterno pero repentinamente desaparece la cubierta y, antes de que pueda saber qué está pasando, me encuentro siendo arrojado a un lugar frío, pero al menos húmedo.

Cuando logro acostumbrarme a mi nuevo hogar me doy cuenta rápidamente de tres cosas. Uno: Ese sitio es mucho más grande que el sitio en el que estaba. Dos: Es bastante más oscuro. Tres: No soy capaz de ver la burbuja amarilla. Esos tres pensamientos me hacen agobiarme, pues si no veo la burbuja no seré capaz de saber cuándo pasarán las doce subidas y, si no encuentro otros como yo antes de ese tiempo, seré un perdido para siempre. Así que nado todo lo que puedo, intentando darme prisa y encontrar a alguien apto para la tarea, alguien pequeño como yo y que conozca a otros que tengan otra forma de contar las doce subidas. Pero nadie allí quiere escucharme;  al lado de los grandes no soy más que una burbuja en esas aguas frías y negras y aunque en algún momento me cruzo con otro de mi mismo tamaño, va solo y no parece ser demasiado razonable. Cuando pierdo la esperanza, me dejo caer hasta un hueco algo apartado, protegido de las miradas de quienes se me acerquen. Todo ha sido culpa de los grandes, ellos y sus ojos frontales son el mal de este mundo. Es el verde quien debería estar aquí, no yo. El cansancio se apodera de mi cuerpo y me duermo despacio, sin saber si esta será la última vez en que sea consciente de mis actos.

Mis ojos se mueven y como si antes no lo fuese empiezo a ser consciente de mi cuerpo y mi alrededor. Me encuentro en un sitio frío y oscuro, y en la negrura veo aparecer algo grande, algo que se acerca a mí poco a poco pero no por cautela sino porque no tiene prisa. Se acerca mostrando un montón de dientes afilados, pero no tengo miedo hasta que veo que sus ojos son pardos y frontales.

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