Rebeldía, tropiezos y apuestas

05 octubre 2015

Linda despertó aquella mañana en el centro de un espeso bosque, tumbada sobre un claro al que llegaba directamente la luz del sol. Lo primero que cruzó su mente fue el tan típico “¿Qué estoy haciendo aquí?” unido de una ligera sensación de pánico, pero pronto comenzó a recordarlo todo y el desconcierto dio lugar a una sonrisa maliciosa reflejada en sus ojos rojizos. Se puso en pie de un salto, cuan enérgica había sido siempre; su vestido blanco con lazos amarillo pastel, típico de aquella época victoriana en la que vivía, estaba repleto de hojas y ramas de las que había por el suelo, así como arrugado y con algunos rotos. Esto solo le hizo aún más gracia a la muchacha. Sabía lo mucho que su abuela le había insistido en ir arreglada al encuentro y, por si fuese poco, aquél era su vestido favorito. 

Sacó el reloj de bolsillo del escote de su vestido y miró la hora. Vaya… ¡El sol me ha despertado en el momento justo! Aún tengo tiempo de llegar allí a las doce. Dijo para sí, comenzando su carrera cuenta atrás. Tenía sesenta minutos exactos para llegar al lugar acordado. Y no le importó ir descalza, clavándose de vez en cuando alguna piedrecita en los talones, ni le importó tampoco el hecho de que el vestido se rasgase cuando se encontraba con arbustos de zarzas. Cuanto más desastrosa estuviese, mucho mejor. Además, los rizos dorados que la noche anterior habían estado tan bien recogidos en un moño, ahora caían por cualquier sitio que encontrasen para reposar: Sobre las cejas, tapando un ojo…

Mientras corría con todas sus fuerzas, las palabras de William resonaban en su cabeza… ¿A que no te atreves...? Tú no eres capaz de algo así... ¿Qué te parece esto a cambio...?. Sacudió la cabeza para desechar los pensamientos, lo que le hizo perder el equilibrio justo cuando se topó con una bajada. Obviamente cayó rodando por esta hasta llegar a suelo firme… O más bien, hasta llegar al agua. Linda se rebozó en una charca llena de barro, pero no era la primera vez que acababa metida ahí de modo que sabía dónde encontrar un lago para limpiarse un poco. Se lavó la cara con el agua cristalina, pero nada más. De alguna forma había sido una suerte caer en la charca.

Preocupada por la hora y también por si el reloj se había estropeado, lo sacó de nuevo. Treinta y cinco minutos más y todo habría terminado. Con una sonrisa en los labios y de nuevo con esos tropezones tan típicos suyos, subió la cuesta en unos pocos segundos. Estaba harta de llevar aquel enorme vestido puesto pero, si llegaba sin él, todo habría sido en vano. Así que se tragó el cansancio y el calor y retomó la carrera. Tan convencida como estaba de que se sabía el camino de memoria, no paró a decidir cuál de los dos senderos en que se dividía el primero era el correcto, y fue directa al de la derecha. Apenas un par de minutos más tarde, frenó en seco. Parpadeó, analizando sus pasos, volviéndolos a reproducir en su mente…

Tuvo que dar la vuelta, acelerando para recuperar el tiempo perdido, y volvió al cruce de caminos, ignorándolos ambos: se había olvidado del atajo. Así llegaría mucho antes de lo acordado con Will. Sacó el reloj; marcaba las doce menos cuarto. Pero Linda ya podía ver el final del trayecto. Allí, justo en la línea de separación entre bosque y jardín, donde terminaban los árboles grandes y comenzaban las flores silvestres y los pequeños arbustos, se alzaba la majestuosa iglesia de St. Michaels, en la cual estarían esperándola. Paró cinco minutos a respirar, sentándose bajo un árbol. Las gotas de sudor le caían por la frente, empapando de nuevo el barro. Se contempló otra vez, ladeando una sonrisa maliciosa. Estaba tan horripilante como si acabase de llegar del infierno.

Y aquel pensamiento le dio una nueva idea. Se puso en pie, ya con las fuerzas recuperadas, y se deshizo de las horquillas que aún sostenían su cabello. Lo enredó cuanto pudo, echándolo para delante, hacia un lado y otro, tan deshecho como pudiese. Agarró la falda y con ímpetu la rasgó a partir de los rotos que ya existían. Cogió algo de barro aún húmedo y se lo restregó por las mejillas y bajo los ojos. Entró en la enorme iglesia, abriendo las dos puertas de par en par, empujándolas en el momento exacto en que la campana sonaba doce veces. Todo el mundo se giró hacia ella. Ocultó la sonrisa que estaba por aparecer y puso cara de profundo dolor, poniendo los ojos en blanco. Mientras caía al suelo espasmódicamente, aparentando que agonizaba, escuchó los gritos y rezos de las damas que se escondían tras sus acompañantes. Supo en el momento que la vio por el rabillo del ojo que su abuela había sabido que era ella, y también que se había creído la farsa que había preparado. Pudo ver también la amplia y oculta sonrisa de satisfacción de William, al tiempo que disimuladamente asentía con la cabeza.

9 comentarios:

  1. Me encantó Aida! Me gusta tu voz narrativa! Seguiré leyendo cositas tuyas! Besitos!

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    1. ¡Muchísimas gracias! Me pasaré a leerte también :)

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  2. Uy me ha encantado, también me has dejado con la intriga de esa historia escondida en la propia historia. Genial.
    Un abrazo.

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    1. ¡Muchas gracias María! De eso se trataba :) ¡Un beso!

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  3. Genial, me gusta como escribes, por aquí me quedo ;)

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    1. ¡Muchísimas gracias y bienvenida a mi rinconcito! :D

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  4. ¡Hola, Aída! Acabo de encontrar tu blog por una de las comunidades de Google+ por las que rondo y no me arrepiendo de haberle dado una oportunidad a tu relato. Al principio mi cabeza empezó a trabajar en busca de una explicación para que Linda se encontrara allí, pero después el propio relato me fue dando las respuestas. Me parece que tienes una forma de escribir adictiva y quizá por eso me encantaría continuar leyéndote. Por eso me quedaré por aquí, para leer un poco más de lo que escribes y así conocer tu mundo interior un poco más.

    ¡Saludos!

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  5. Encantada de tenerte por aquí. ¡Al final me vas a sacar los colores con tantos buenos comentarios! :)

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    1. Mientras te gusten mis comentarios, me alegraré jeje.

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