#Cuentiembre con LL - El maquinista

15 noviembre 2015

Llegaba el tren a su última parada. La mujer ocupando el cuarto asiento debía tener unos cuarenta años. Su piel era morena y sus ojos eran claros, pero estaban tan vacíos que parecían estar hechos de madera; sin embargo, no eran así en el momento en que subió al tren: eligió un asiento con ventana y sacó su teléfono del bolso, para después abrirlo y cargar uno de los muchos vídeos que tenía en la galería. En él aparecía una niña pequeña jugando en el parque, con los mismos ojos claros que los de la mujer del vagón número siete; estaba sentada en un columpio, siendo empujada por un hombre que la trataba como si fuese la muñeca más frágil del universo. La niña reía tanto que se le escapaban las lágrimas, mientras que a la mujer se le enrojecían los ojos tratando de contenerlas.
 
Saltó al siguiente vídeo, esta vez una celebración; debía ser un cumpleaños. La mujer estaba sentada frente a un pastel de color rosa mientras la niña, un poco más mayor que en el vídeo anterior, colocaba un montón de velas sobre la tarta. Se escuchaba una voz masculina detrás de la cámara, diciéndole a la niña que se sentara con su madre. La pequeña obedeció rápidamente e instó a su madre a que pidiese un deseo, pero uno muy muy grande.

- Deseo que estemos siempre juntas.

- ¡Pero mamá, no puedes decirlo en voz alta! ¡No se cumplirá!

La mujer tiró el teléfono al asiento vecino mientras se agarraba la cabeza entre las manos, inclinándose hacia delante para desatar el llanto más desgarrador de todo el tren. Comenzó a murmurar unas palabras entre inaudibles e incomprensibles a causa de los gimoteos, todo lo que se podía entender era "no, no, no, no"; daba la sensación de que nunca dejaría de llorar. El tren alcanzó la primera de sus cinco paradas y la mujer dejó de llorar de repente. Estaba sola en su vagón, al igual que cada persona que ocupaba uno de los otros 15 vagones que tenía ese curioso tren. Cuando este comenzó a moverse de nuevo, ella se puso en pie apretando los puños con fuerza.

Si bien su llanto fue desgarrador, más lo fue el grito que emanó de su garganta. Parecía dispuesta a sacar al tren de sus raíles si era necesario con tal de dejar salir todo lo que había en su interior. Gritaba y golpeaba los respaldos y los brazos de cada asiento del vagón, golpeaba las ventanas hasta el punto que parecía que iban a quebrarse, si es que hubiesen podido hacerlo, arañaba e intentaba destruir cada parte de esa pequeña celda en la que se había querido meter. Y, antes de lo esperado, el tren se detuvo de nuevo sacándole toda la ira de dentro.

Más calmada, se sentó en un asiento diferente al primero mientras proseguía su viaje. Sus ojos se movían veloces observando lo que ocurría a su alrededor, como si estuviese pensando muy rápidamente, como si de pronto estuviese comprendiendo algo. Su mirada empezó a perderse y a volverse vidriosa mientras en el labio inferior aparecía un ligero tembleque: parecía estar perdiendo la razón. Como un mantra, comenzó a murmurar entre dientes...

- Fue mi culpa, fue culpa de mi deseo, no tenía que haberlo pedido en voz alta, y ella me lo dijo, me lo dijo muchas veces, todo esto es culpa mía, de no haber dicho nada estaría conmigo, yo no estaría aquí, no estaría aquí, yo no...

El tren se detuvo en seco, haciendo que su cabeza se golpease contra el asiento delantero. La mujer recobró la respiración y la conciencia poco a poco, y casi se escuchó un "click" cuando algo encajó en su cabeza, uniendo todas las piezas de su puzle. Entonces, comenzó a llorar. Gritaba y pedía ayuda desesperadamente, pedía llegar por fin a su destino, acabar con todo ese sufrimiento. No podía pensar en nada más que en todo el dolor que estaba sufriendo, era tan fuerte que le obstruía la garganta y le impedía respirar, se le amontonaba como ella había amontonado las pertenencias de su hija unas horas antes, caja sobre caja ocupando cada hueco de aquella pequeña habitación de color lila. Sentía que se desmayaba, que le fallaban las fuerzas, y su cuerpo cayó contra el frío suelo del vagón. Se arrastró, ahogándose en su llanto; el corazón se le comprimía en el pecho y deseaba poder arrancárselo, sacarlo fuera y enterrarlo bajo tierra donde nadie más pudiera encontrarlo. Ese fue el trayecto más largo entre parada y parada, y permitió a la mujer sentirlo todo de una sola vez: las sonrisas, las risas, las fiestas, las charlas, los juegos, las caídas, el dolor, la muerte. Vio toda la vida de su pequeña pasar por delante de sí misma, y cada recuerdo se clavó en su piel como miles de diminutas espinas de las que no se pueden sacar, de las que tienen que caerse solas.

Cuando el tren arrancó dirigiéndose a la última parada, la vida le pesaba más que nunca, concentrándose en sus pies con cada paso que daba después de levantarse. Se sentó en el cuarto asiento otra vez y cogió el teléfono que había arrojado en el de al lado. Lo encendió y observó el fondo de pantalla; la niña le miraba con una sonrisa mellada y los ojitos claros brillando de amor: amor puro y verdadero, del que solo se puede tener por una madre o un padre. Su pequeña le había amado más que nadie le amó nunca, y no le guardaba rencor. Estaba bien allá donde estuviese, estaría feliz cuando se encontrara con ella. Cerró los ojos por un instante, disfrutando esa sensación: todo iba a estar bien.

A medida que el tren se detenía, la mujer iba desprendiéndose de sus sentimientos y recuerdos uno a uno, convirtiéndose progresivamente en una carcasa vacía, un cuerpo carente de cualquier tipo de emoción o vivencia. Llegaba el tren a su última parada y los ojos claros de la mujer no brillaban, no se movían ni un ápice. Cuando se detuvo por fin, el maquinista salió de su cabina y fue sacando cada cuerpo de su respectivo vagón, dejándoles descansar en paz y para siempre en ese oscuro cementerio de la otra dimensión, para luego retomar su viaje de vuelta al mundo de los vivos y recoger más de esas pobres almas atormentadas que no podían vivir otro día más. Era un trabajo complicado el suyo. No todo el mundo quiere ser el maquinista de los suicidas.

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