El templo de Cath Palug

24 febrero 2016

Hervé recibió la noticia de la demolición del Templo de Cath Palug un jueves por la mañana. Aquello le hizo rememorar los días en que finalizaba sus estudios de arqueología, cuando pasó horas y horas enfrascado en los mitos y leyendas acerca del gato que daba su nombre al templo. No tenía nada que ver con su formación, pero lo mencionaron una vez en su clase y decidió investigar el tema. Lo que más le llamaba la atención sobre todas las cosas es que la leyenda tenía lugar en casi todos los textos en tierras británicas durante el supuesto reinado del rey Arturo. Sin embargo, el Templo de Cath Palug se erigía en la pequeña población de Rumilly, a unos 20 kilómetros del Lac du Bourget. Y es que un romance francés cuenta que el mismo rey Arturo luchó contra el Cath Palug en los alrededores del lago y que esta batalla fue la que dio nombre al Mont du Chat, que se cierne sobre sus aguas.

No lograba comprender qué llevó a los habitantes de Rumilly a construir, en alguna época remota de fecha no muy clara, un templo destinado a protegerles de las aguas del Lac du Bourget y del aterrador gato. Cuando era joven no tenía ni los medios ni el tiempo para culminar su investigación, pero ya era un hombre de mediana edad que se había labrado su nombre en el Inrap de París, de modo que podía tomarse un fin de semana para recorrer los más de seiscientos kilómetros que le llevarían al templo. Tenía dos días para repasar todos sus archivos antiguos y recolectar toda la nueva información.

48 horas son muchas horas cuando esperas algo con ansias, pero también son pocas si se te pasan los minutos entre viejos mitos y leyendas. Todos ellos tenían un origen común: el Cath Palug fue hijo o hija -ya que algunos textos le tratan en femenino- de una cerda. Tenía los ojos rojos y era de color negro, y se decía que sus garras eran más afiladas que cualquier hoja de cuchillo. Se contaba que junto a sus dos hermanos, una loba y un águila, nació con el propósito de atormentar la Gran Bretaña del rey Arturo, y que por ello se dedicaban a sembrar el caos allí por donde pasaban. La mayoría de textos se sitúan en la isla Anglesey o en el estrecho de Menai al este de la isla y en ellos el gato acaba de un modo u otro en las aguas que la rodean, para después ser adoptado por el hijo del rey Palug que era local de la isla. Uno de los poemas cuenta que Sir Kay, hermanastro del rey Arturo, viajó a Anglesey para luchar contra unos dragones -o leones, según fuentes- y que podía matar al Cath Palug, pero curiosamente se trataba un poema inacabado y no se conocía el desenlace. En otro mito, el gato creció para convertirse en perro y posteriormente en caballo, y con la luna llena desaparecía y masacraba ganado y pastores; en esa leyenda asesinó a nueve de los guerreros de Arturo y después desapareció para siempre. Existió otro poema aunque menos conocido que mencionaba que el rey Arturo luchó contra Cath Palug en un pantano del Mont du Chat, pero fue el gato quien salió victorioso de la batalla. Hervé sentía su corazón palpitar con cada nueva palabra que leía. Todo estaba rodeado de misterio y, durante el viaje, su cerebro trabajaba a toda velocidad intentando crear vínculos entre los mitos que le llevasen al que fuera el original. 

El ambiente rural destacaba en Rumilly. Las casas eran bajas y se cruzaban las zonas comerciales con las campestres, creando un ambiente muy acogedor. El templo estaba más o menos interno en el bosque y, en origen, estaba destinado a proteger a los ciudadanos de tierras colindantes de los monstruos acuáticos del Lac du Bourget. Con el paso del tiempo la gente dejó de creer en demonios y se mantuvo el templo como un símbolo de protección de los desastres naturales que pudiese producir el lago. En el momento en que Hervé llegó al lugar se encontró con unas ruinas cochambrosas: al parecer, la gente también había dejado de creer en los desastres acuáticos.

Se trataba de una construcción no más grande que una casa baja, con el tejado gacho y la fachada cubierta de gárgolas. Las más pequeñas eran las típicas figuras aladas y musculosas de aspecto levemente humanoide; la más grande era también la más sencilla, un gato común que descansaba sobre el portón del templo. Si bien todo estaba cubierto de plantas y musgo, el gato era la única gárgola que parecía no haberse visto afectada por el paso del tiempo. Abrió la puerta y... todo estaba vacío. La luz se colaba por los ventanales rotos y las plantas producían sombras sinuosas en el suelo cubierto de polvo. Cuatro paredes rodeaban la suciedad y antigüedad del templo, y Hervé se sintió como si le hubiesen dejado caer en una caja de zapatos. Una pizca de decepción le pinchó en las entrañas y, aunque palpó cada palmo de pared y suelo con esperanza, no encontró ningún tipo de ranura secreta o puerta mágica que le llevase al origen de la leyenda. No había nada, salvo una habitación vacía pero llena de desilusión.

El lunes sería cuando derrumbasen el templo, y pensó en aprovechar el fin de semana para visitar Rumilly, ya que de todos modos había alquilado una habitación de hotel en el centro del pueblo. Visitó algunas bibliotecas por si acaso encontraba algo nuevo, algún poema que no estuviese en otros lugares, alguna referencia a por qué o cuándo exactamente se construyó aquel templo en ese preciso lugar. No encontró nada referido completamente al templo, pero sí encontró un trabajo sobre unas cuevas subterráneas en el mismo bosque en el que se alzaba este. Con la esperanza brillando de nuevo en sus ojos, cogió un petate con todo lo necesario y corrió hasta las cuevas. Nada más entrar empezó a elaborar un pequeño mapa para saber por dónde se extendían, y caminó hasta que fuera se hizo de noche y decidió regresar al hotel. Pasó la noche en vela solapando su mapa sobre un mapa del pueblo para saber el punto exacto donde se encontraba el templo y ver si las cuevas se cruzaban con él. Si había algo, tenía que estar allí.

Con el amanecer y una nueva zona que investigar, Hervé se adentró de nuevo en el suelo de Rumilly sabiendo exactamente adónde se dirigía. Se sentía un poco como Indiana Jones pero esperaba no encontrarse con ninguna secta y, sobre todo, que su templo no estuviese maldito como el que daba título a la película. Llegó a la pared de piedra que caía justo bajo el templo, pero él ya sabía que no había ningún camino que llevase a la ubicación exacta, por lo que no le quedaba más remedio que buscar algún recoveco en la piedra que le proporcionase información. Pasó horas buscando hasta que su estómago dijo basta y tuvo que sentarse a comer algo. La suerte quiso que se produjese un temblor en las montañas cercanas de suficiente magnitud como para sacudir las cuevas. Se desprendieron algunas rocas y otras por poco taponaban la salida del lugar, pero a Hervé le habría importado más bien poco haberse quedado atrapado durante un rato allí porque al fin había encontrado algo: se había abierto un nuevo camino que llevaba a una zona aislada en cuyas paredes, como si de pinturas rupestres se tratase, había una serie de dibujos y figuras. Sobre todo predominaban figuras circulares con runas o algo similar en su interior, como si fuesen sellos de protección. Y, al fondo, una historia contada en dibujos. Se veía una piedra y algo alargado sobresaliendo de la misma. A continuación, un hombre luchando contra una bestia. Por último, la espada clavada de nuevo en roca. Le hizo fotografías a toda la sala y se marchó de vuelta a París, ansioso por descifrar el mensaje correctamente y con todo detalle.

Rumilly se sacudió más de una vez aquella noche de domingo, como un mal presagio cerniéndose sobre sus tierras. En una de las sacudidas, la gárgola del gato se desprendió de la fachada del templo de Cath Palug y se hizo mil pedazos. Con ello, el resto del templo cayó, y no hizo falta que fuese nadie a derruirlo a la mañana siguiente. También esa noche, una gata anaranjada fue a refugiarse de los terremotos a las pocas ruinas que quedaban del templo, y allí desinfló su enorme panza dando a luz a una camada de hermosos gatitos. Uno de ellos salió negro, y sus ojos rojos brillaron en la oscuridad del lugar con tanta fuerza que parecían dar luz a la sombría noche.

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