Nunca anochece en la Isla de la Zarigüeya

21 abril 2016



Apenas son las diez y ya hay cola. Como siempre la mayoría son ancianas, pero hay una chica joven esperando ser atendida por mi compañera. Mecánicamente doy los buenos días a la señora que tengo delante, paso el código de barras de su receta y espero a que la caja de Sintrom caiga por el tubo. La mujer me cuenta su vida mientras me fijo en todo lo que está recogiendo la jovencita: Dolquine, Imurel, Diazepam... Espero que no sean para ella. Le entrego la caja a la señora y le deseo un buen día, y así otras ciento veintisiete veces hasta que acaba mi turno. Esta noche voy a quedarme dormido en cuanto toque la cama.

Sábado noche, las nueve y media y Mary Poppins ya está volando en su paraguas. No quedan palomitas en el bol y los bordes de la pizza de las ocho me miran desde la mesa de café. Apago la tele y ni siquiera me digno a moverme del sofá, solo dejo las cosas en la mesa y me envuelvo en la manta de franela color butano que me regaló mi madre el año pasado. Tendré que decirle que me compre una que me haga juego con algo de la casa, porque vaya color que le dio por elegir. Antes de darme cuenta me quedo dormido y sueño con mantas voladoras y un Aladdín que me saluda desde lo alto del Empire State.

Me despierto a las dos menos cuarto de la madrugada. Claro, si es que me he dormido muy temprano. Me lo pienso durante unos minutos antes de levantarme a beber un poco de agua y tumbarme esta vez sí sobre mi cama. Qué fresquita está; no vuelvo a taparme con franela en pleno septiembre. Cierro los ojos y mi mente me transporta a una isla tropical; el agua es tan clara que me permite ver toda forma de vida que se deslice entre mis pies, y ante mí se extienden probablemente más de cien kilómetros de palmeras, lianas y rocas. Una casa de madera se levanta a cierta distancia de la playa y decido acercarme a investigar. Cuando toco la arena, que de tan clara parece blanca, siento perfectamente la sensación en cada uno de los dedos de mis pies. No se siente sucio ni apelmazado, y puedo andar sin peligro de encontrarme con una lata de cerveza o una colilla entre las bolas de los escarabajos peloteros. Antes de que la arena se convierta en tierra y musgo, una silueta se dibuja delante de las ventanas.

Su cabello es largo y cae como una cascada sobre sus hombros y escápulas, y pueden distinguirse unos brazos fuertes y musculosos trabajando en algo que no alcanzo a ver. No quiero distraerle o molestarle, pero mis pasos se dirigen de forma inconsciente hacia la casa mientras él continúa ajeno a mi presencia; antes de darme cuenta ya he llamado a la puerta. Si de espaldas ya prometía, su figura nítida y de frente es aún mejor. Me fijo en que el cabello es castaño claro y sus ojos son de un azul tan oscuro que es irreal. Por un momento parece sorprendido pero en seguida me sonríe amablemente.

- Bienvenido a la Isla de la Zarigüeya. Soy Samuel.

Un tallarín me golpea la barbilla cuando salta un anuncio de viajes en la tele. Me limpio de forma mecánica con la mano ya que al fin y al cabo no hay nadie para decirme que soy un guarro, y miro atento los destinos turísticos que se ofrecen. No he logrado sacarme de la cabeza el sueño de esta noche, todo era tan claro, tan vívido... La sensación ha sido de que era parte de la realidad. Cerrando los ojos casi puedo volver a sentir la arena limpia y suave en mis pies, y el viento con olor a sal golpeándome en la cara. La pena es que no he podido hacer prácticamente nada; sí, todo muy bonito, pero después de andar y saludar al hombre de pelo largo... Nada. Ya no recuerdo nada más, a pesar de que siempre he tenido bastante control de mis sueños y he sido consciente de que lo eran y de lo que estaba ocurriendo. Me acuesto temprano con ganas de poder continuar el de anoche, pero sin ganas de tener que levantarme para ir a la farmacia. Sin embargo, esta noche no sueño nada relativo a la Isla de la Zarigüeya. Tal vez ha sido un sueño de una sola vez, sin continuación. Veré qué ocurre mañana.

Casi ha pasado un mes desde que soñé con Samuel pero no he conseguido quitármelo del todo de la cabeza. Es posible que ese sea el motivo por el que, por fin, he vuelto a trasladarme oníricamente a esa isla perdida en Dios sabe dónde para reencontrarme con él. Esta vez, cuando llamo a su puerta su mandíbula está recubierta de una fina y lisa barba clara, y parece que hubiese pasado el tiempo para él también. Me sonríe divertido y me da la sensación de que también ha estado esperándome. En esta ocasión, me invita a pasar.

La casa tiene un solo piso pero es bastante más grande que una simple cabaña. Es bonita, pero no hay ni una sola foto ni un solo reloj en toda la estancia. Me doy cuenta de que la cocina es lo que veía desde la ventana y sobre una de las encimeras hay una caja de música queriendo ser reparada. Samuel se acerca -es un poco más alto que yo- y se sienta en uno de los taburetes.

- Y bien, ¿Por qué has tardado tanto en volver?

- ¿Cómo dices? -Pregunto, desconcertado, al tiempo que me siento frente a él.

- Ya sabes. Nos conocimos hace tiempo, pero no he vuelto a saber de ti hasta ahora. ¿Qué te ha hecho retrasarte?

¿A qué se refiere con que nos conocimos? Que yo sepa, ni siquiera sabe mi nombre. ¿Está hablando de la vida real o de esta realidad ficticia? ¿Sabe él que esto es un sueño? Sin saber muy bien qué contestarle, prefiero cambiar de tema.

 - ¿Hace mucho que vives en esta isla?

- Eso creo, es como si siempre hubiera estado aquí. -Veo que de pronto curva los labios en una sonrisa entre divertida y maliciosa.- ¿Y tú? ¿Cómo has llegado aquí?

Parece que está empeñado en hacerme preguntas a las que no sé responder. Es como si supiera más que yo, como si supiera todo lo que yo no sé y quisiera hacer que me dé cuenta de algún modo. Pero, de nuevo, no tengo nada que responderle.

- Mi nombre es Tomás. -Comento en voz baja, como si hubiera tenido un momento de lucidez y hubiera decidido que eso es lo más inteligente que puedo decir. Samuel ríe a carcajadas, aunque su risa es grave y para nada escandalosa, y la visión se me distorsiona hasta quedarse todo negro.

La manta de franela empieza a ser necesaria algunas noches. El frío está llegando y el calor es lo único que parece hacerme dormir un poco mejor. La chica que compró los medicamentos fuertes hace tiempo ha vuelto a la farmacia, e inconscientemente retengo el Diazepam unos segundos. Decido que comenzaré por algo más flojo para poder dormir mejor; una Dormidina cada noche, quizás. Y, a partir de esa noche, todas las siguientes me traslado a la Isla de la Zarigüeya.

Samuel sigue pareciendo saber mucho más de lo que yo sé, pero al menos ya no me hace preguntas incómodas. Noche tras noche llamo a su puerta y charlamos un rato, hasta que mi subconsciente se evade y decide que ya no puedo soñar más, a pesar de que aún sigo durmiendo. Parece que él es el único que vive en esa remota isla y, por las noches, también yo vivo allí. Sin darme cuenta, empiezo a pasar más tiempo durmiendo que despierto.

Se acerca la navidad y mi madre me llama, preocupada. Dice que apenas sabe ya de mí, que antes le llamaba al menos una vez a la semana. Me atosiga con preguntas y habla como una cotorra; quiere que vaya el veintitrés. Empieza a contarme que la tía Antonia no va a poder venir este año, y que entonces tampoco vendrán sus hijos, que vamos a ser muy pocos y que cuanto antes estemos juntos, mejor. Le digo que cogeré las vacaciones cuando ella quiera, y que tengo que colgar. Ya es hora de dormir.

Samuel se ha convertido en el amigo que no tengo en la vida real. A él le cuento lo que me ocurre, lo que hago en el trabajo, lo que me cocino o la comida que pido a domicilio, hasta la charla que he tenido con mi madre. Y a él todo le parece fascinante. Me escucha atentamente, como si cualquier pequeña cosa de mi mundo fuese todo un mundo para él.

- ¿Para ti es siempre el mismo día, Sam? -Le pregunto por primera vez, intrigado. A veces su apariencia es algo distinta, pero siempre que me voy a dormir y vengo a la isla le encuentro en la misma posición, como si fuese un bucle. Su mirada se oscurece levemente al tiempo que la dirige hacia sus pies.

- No, cada día me cuentas cosas diferentes. -Veo que evade la verdadera pregunta.

- Pero, ¿Y si no viniese yo? ¿Tu día tiene alguna diferencia cuando yo no estoy?

Su incomodidad es tan palpable que podría cogerla con las manos. No le gusta mucho hablar de él, y no le gusta hablar del hecho de que no recuerda nada fuera de esa isla. Es obvio que esa pregunta le iba a incomodar. Sin mirarme todavía, niega con la cabeza muy despacio.

- ¿Y tú los sientes diferentes? ¿Pasa el tiempo aquí, en la isla? Siempre es de día cuando vengo yo. Nunca he visto atardecer o anochecer.

- Desde luego que pasa el tiempo, pero es... Diferente.

- ¿A qué te refieres con diferente?

Mi madre se ha empeñado en que pelemos las uvas. No le he contestado para no molestarla de nuevo, pero mi mal humor es evidente desde las últimas dos semanas y estoy a riñas con cualquiera que me hable. Desde que tuve la fatídica charla con Sam no he vuelto a soñar con él. Sé que estoy dejando que todo eso me afecte demasiado, sé que solo son sueños, pero no puedo evitarlo. Se ha convertido en parte de mí y no puedo hacer nada para sacármelo de la cabeza. Las pastillas para dormir ya no funcionan, dormir cansado no funciona, dormir mucho tampoco. No sé qué más hacer para salir de esta situación. Obviamente he pensado en un psicólogo, o en hablarlo con alguien, pero ninguna me parece buena idea. Y con esta actitud solo estoy consiguiendo levantar las sospechas de mi madre durante estas vacaciones. Creo que ha revisado mi maleta en busca de drogas, como si fuese un crío de diecisiete años.

Cierro los ojos esta noche y por primera vez en mucho tiempo siento la arena bajo mis pies descalzos. Hoy Samuel se ha hecho una coleta, y me recibe con una sonrisa entre triste y amable. Como habitualmente me pasa cuando estoy en su presencia, las palabras se amontonan en mi mente y lo único que consigo decir es alguna estupidez.

- Hoy es noche vieja. -Le digo, mirándole fijamente. Por un momento bajo la mirada hasta mis pies, y luego vuelvo a clavar mis ojos azabache en el mar revuelto de sus ojos.- Te he echado de menos.

Nunca he hablado con Samuel de algo que siempre está latente, implícito en nuestra existencia simultánea. Nunca le he planteado directamente si sabe que solo es producto de mi imaginación, que nada de aquello existe, que es únicamente un sueño. Pero, al igual que cuando le hago preguntas que le incomodan, temo decir algo y estropearlo todo. Temo que desaparezca otra vez. La inseguridad debe verse reflejada en mi rostro porque Sam deja de comer su desayuno esa mañana para preguntarme qué me ocurre.

- No es nada. -Murmuro, temeroso de meter la pata.

Samuel deja la taza sobre la encimera y se queda de pie frente a mí. Contengo la respiración, sintiendo que mi pulso se acelera y que la sangre se me sube a la cabeza. Está tan cerca que no puedo pensar con claridad.

- Cualquier cosa que te ocurra es algo, Tomás. No tienes que medir tus palabras conmigo. No voy a desaparecer.

Antes de que pueda darme cuenta, los mechones más cortos de su pelo me hacen cosquillas en la mejilla y su boca se acerca a la mía sin titubeo alguno. Por la mañana, mis labios todavía saben a sal.

Después de algo como eso no soy capaz de dejar nada al azar. Voy a necesitar algo más fuerte si quiero que lo que me ha prometido sea real. No puede desaparecer, y yo no puedo dejar que desaparezca. Cuando voy a la farmacia y la jovencita vuelve a aparecer, son dos cajas de Diazepam las que dejo que caigan por el tubo, pero ella se lleva solo una. Y, a partir de esa noche, Sam no vuelve a desaparecer de mi subconsciente. Sin embargo, parece que he subestimado el poder del medicamento. Empiezo a llegar tarde al trabajo y todo lo que me apetece en el día es dormir. Las comidas pasan a un segundo plano y voy bajando de peso poco a poco. El jefe está a punto de darme un ultimatum, pero nada de eso me importa. Mis problemas de salud no se ven reflejados en la isla, y Samuel y yo somos felices todo el tiempo. No necesito nada más.

Es el segundo día que estoy de baja y ya no lo soporto más. Mi jefe me ha obligado a tomarme unas "vacaciones"; dice que siempre he sido un buen trabajador y que no sabe por qué tipo de mala racha puedo estar pasando pero que me tome el tiempo que necesite y que vuelva cuando esté mejor. Mi madre se ha autoinvitado a vivir en mi casa con el pretexto de cuidarme. Casi le da un infarto cuando ha visto el desorden y la suciedad acumulada de mi piso. Pero ella no lo entiende, da igual qué está limpio o qué está sucio, Sam no puede venir a verlo. Y yo lo único que quiero es dormir e irme con él, pero he ido estando cada vez más bajo en defensas y he cogido una buena gripe. La fiebre me sube por momentos y no me permite descansar. Apenas empiezo a coger el sueño me despierto, y no sé dónde he dejado mis tranquilizantes.

Mi madre da vueltas por la habitación murmurando al teléfono. ¿Con quién está hablando? Debería relajarse. Dice que estoy empezando a delirar, que tengo mucha fiebre. Que hablo de no sé qué de una isla y que no dejo de repetir que quiero dormir. ¿Cuándo ha pasado eso? Debería relajarse. Dice que quiere hacer venir a un médico, y menciona el nombre de mi padre. ¿Desde cuándo se habla con mi padre? No, no quiero que venga. No quiero que venga él, no quiero que venga el médico. Quiero irme yo. Maldita sea, ¿Dónde están mis pastillas?

La cama está demasiado caliente. Estoy empapado en sudor, y mi madre parece que se ha calmado un poco, o al menos se ha acostumbrado a mi malestar. No sé cuántos días han pasado desde que vino, he perdido la noción del tiempo. Ojalá estuviese Sam aquí. Él sabría cómo cuidarme. Necesito salir de esta cama, necesito que me dé el aire un poco. Me levanto con dificultad y me encierro en el baño, asegurándole a mi madre que todo está bien. Aunque no lo está.

Me mojo la nuca, la cara, me mojo todo el pecho con el agua helada del grifo. La mayor parte de ella cae al suelo y me moja los pies. Abro el armario para coger una toalla y ahí están mis pastillas, intactas desde los últimos... Quién sabe cuántos días. Cuando las veo se me acelera el pulso y la adrenalina corre por mis venas. Por fin podré ver a Sam. Por fin volveré a la isla.

Con las manos temblorosas saco primero una pastilla, y luego otra, y luego la tableta entera. No sé cuántas van pero sé que las necesito, necesito todas y cada una de ellas para poder quedarme el tiempo suficiente, necesito dormir todas las horas que tengo pendientes y contárselo todo a Sam. Decirle que no le he abandonado, que sigo aquí para él, que no volveré a irme nunca. No quiero volver a irme nunca.

Regreso a la cama mucho más tranquilo. Sonrío a mi madre que me mira preocupada y le aseguro que estoy bien, que todo está bien; que me permita dormir del tirón esta noche. Cierro los ojos casi inmediatamente y ahí está él, tomando el sol en la playa. El atardecer es precioso en la Isla de la Zarigüeya, los colores naranjas y rojos se mezclan en el ocaso y Samuel me recibe con una sonrisa tan cálida que me hace olvidar los temblores y sudores fríos que he estado sintiendo estos días.

- Hoy no estás en la casa. -Le digo, comentando lo obvio como normalmente. Me hace un hueco a su lado y me apoyo en su pecho.

- Hoy es un día especial. He conseguido arreglar la caja de música, y ahora todo es diferente. Todo va a ser diferente.

Sin dejar de sonreírme abre la caja, y una suave melodía inunda la isla y me acaricia las entrañas. Es entonces cuando sé que nunca voy a necesitar nada más que lo que tengo en este momento. Nada más aparte de Samuel, de la isla y de la música. La noche cae sobre nosotros y todo se queda totalmente a oscuras excepto por la luz de la luna, que brilla esta noche como el más intenso de los focos.

2 comentarios:

  1. Increible historia, no me esperaba ese final cuando comencé a leer la historia aunque conforme iba leyendo podía intuirlo. Quiero decir, cuando comencé a leer no esperaba el giro que ha dado la historia con Sam, pensé que seguiría algún hilo romántico con la chica de la fila pero no este, la verdad me ha sorprendido gratamente.

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    1. Muchas gracias!!! Me alegra mucho haberte sorprendido :D Espero poder hacerlo más veces ^^

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