Ratones y sombreros II

22 julio 2016

Para Rindomeel, ese no era un problema tan grande como habría sido para cualquier otro ratón. Él era valiente, y también entre ingenuo y despistado, lo que le hacía mostrarse más predispuesto para este tipo de tareas peligrosas. Doscientos pedacitos de emmental supondrían un buen pedazo que probablemente debería llevarse de una sola vez si no quería que le pillaran, pero él solo no iba a poder con tanto queso. Comenzó a trazar un plan rápidamente para llevar a cabo su tarea. Apenas un par de días más tarde, cuando la luna estaba lo suficientemente alta, el ratón deslizó el trozo de pared superpuesto al hueco y se adentró en el estudio de los Menslow, con el corazón palpitándole con fuerza. Le esperaba una noche intensa.

Tras asegurarse de que el gato Scrachers no estuviese por los alrededores, Rindomeel volvió al hueco y le hizo señas a Mac para que le acompañara. El pequeño ratón había insistido en ayudar a transportar el queso, y además una parte de la junta directiva estaba conforme en que debía haber otro ratón cargando con la mercancía. Incluso habría otros dos ratones esperando justo en el hueco, guardando el queso que Mac les llevase hasta allí. El trabajo en equipo era el mejor de todos, pensaba Rindomeel mientras atravesaba el pasillo en dirección a la cocina. Todas las luces estaban apagadas y el único ruido aparte del de sus patitas contra el parqué era el de las respiraciones de los Menslow, que formaban una especie de orquesta disparatada. Mac miraba a Rindomeel desde la puerta del estudio cuando el segundo giró y desapareció de su vista al adentrarse en la cocina.

Rindomeel tenía sus dudas sobre el tiempo que los humanos consideraban que un queso aún estaba bueno, y temía que tras esos días lo hubiesen tirado o se lo hubiesen comido. Sin embargo, apoyado en la pared y desprendiendo un tufillo intenso y delicioso estaba un ejemplar prácticamente nuevo del maravilloso queso que le haría rico. Los ojos le brillaron, negros como botones en la oscuridad de la noche, y correteó para subirse a la encimera y empezar a roer el primer trocito de queso que le llevaría a Mac. Cuando se separó el pedacito del resto del queso madre, el ratón lo empujó y se escuchó un golpe seco ¡paf! contra el suelo, que allí era de mármol y no de parqué. Ese trocito era del tamaño de un ratón pequeño, y Rindomeel tuvo que hacerlo rodar con cuidado, provocando que le cayesen diminutas gotitas de sudor hasta los bigotes. Una vez le alcanzó el queso a Mac, volvió corriendo a la cocina en busca del segundo pedacito.

Repitió el proceso con un poco más de prisa y, por qué no decirlo, quizás también algo de miedo colándosele entre las patas. Había hecho suficiente ruido arrastrando el queso como para despertar a Scrachers, cosa que le provocaba un tembleque en las patitas. Una vez le vio cazando una polilla y deseó no ser polilla nunca jamás. Ni se imaginaba lo que podría llegar a hacerle a un ratón. Debía acabar rápidamente, pero entre el tembleque y las prisas al final terminó tardando más que la vez anterior. Mac se acercó a la cocina a ver qué le ocurría cuando tuvo lugar el segundo ¡paf! de la noche. Rindomeel bajó de la encimera y deslizó el queso por el suelo con ayuda de su ahijado. Sin embargo, algo terrible les esperaba en el pasillo: Scrachers, tumbado y agitando la cola elegantemente, les clavaba la mirada con sus ojos amarillos.

- ¡Corre, Mac! -Gimoteó Rindomeel, dándole un empujón al ratoncito al tiempo que desviaba la atención del gato hacia sí mismo, pues le dio un golpe al queso con todas sus fuerzas en dirección a este. Vio que Mac se quedaba paralizado durante un momento pero que al ver a Schachers alzarse sobre sus imponentes patas color azafrán salía disparado hacia el estudio. Los siguientes segundos fueron los peores de la vida de Rindomeel hasta ese momento.

El gato, como he dicho, se puso en pie por el susto de verse atacado por un queso, lo que le despistó y le hizo avalanzarse sobre él como si de una presa se tratara. Al alcanzarlo y darse cuenta de que era comida, ladeó la cabeza y lo olfateó de nuevo, como para asegurarse de que efectivamente el queso no tenía vida y obviamente no era un ratón, pero que también se lo podía llevar a la boca. ¡Qué gato tan tonto! le dio tiempo a pensar a Rindomeel, mientras observaba al gato entretenerse con esa tontería cuando él se deslizaba por el parqué a toda velocidad. Al pasar a su lado, el gato dejó a un lado el pedacito de queso y se giró hacia el ratón, decidiendo que una comida que podía moverse era mejor que una que no pudiera hacerlo. Por suerte Rindomeel podía colarse bajo una puerta cerrada, cosa que Scrachers no podía hacer, y se resguardó en la primera habitación que vio antes de que las garras del gato le alcanzasen.

Con el corazón latiéndole en las redondas orejas escuchó un fuerte golpe contra la puerta, seguido de gimoteos, maullidos y arañazos. Alguien se revolvió en su cama, tratando de dormir con todo ese ruido. Se trataba de Lydia, la hija de los Menslow. Rindomeel no sabía dónde esconderse; en un primer vistazo había muchísimos sitios en los que se podría ocultar pero en los que, una vez con la luz encendida, sería tan visible como si no se hubiera escondido en ningún sitio. La habitación estaba llena de trastos tirados por todas partes y él no sabía cuál elegir. Los maullidos de Scrachers eran cada vez más fuertes. El corazón le latía tan fuerte que a pesar de ello casi no podía escucharlos. La niña se movía de un lado para otro, las sábanas se rozaban entre sí. Las respiraciones de los Menslow en la habitación contigua parecían haberse amortiguado un poco. Y, de golpe y repente, se encendió la luz.

Lydia había pulsado el interruptor que estaba junto a su cama y se incorporó de un salto maldiciendo a su gato. Rindomeel se encontraba en ese momento tras el sofá de unas muñecas muy feas y alargadas, y tan finas como un puñado de espaguetis. Sintió que dejaba de respirar. La niña abrió la puerta para echarle una buena reprimenda a su gato, que entró como un cohete en la habitación y empezó a rebuscar por todas partes. El ratón se deslizó hacia la puerta al tiempo que el señor y la señora Menslow salían de sus habitaciones soltando todo tipo de improperios. Giró la esquina de la puerta del estudio cuando escuchó a la niña gritar de la forma más aguda que jamás podría imaginar un ratón, y pudo ver con el rabillo del ojo que señalaba hacia donde él se encontraba. Estaba tapando el agujero de la pared cuando la luz del estudio empezó a parpadear, encendiéndose. En los túneles hacia Ámicon, por suerte, solo había oscuridad.

Dibujo por Candace Jean

6 comentarios:

  1. Emocionante capítulo, ¿qué irá a pasar?
    Espero con ansias la continuación.
    Saludos.

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  2. ¡Hola! Uf, me has hecho sufrir en este capítulo, pobres ratoncitos... Por suerte todo ha acabado bien ^^ Voy a por el siguiente ¡Me encanta! :D

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    1. Siiiiii mi pobrecito Mac con lo que yo le quiero menudo susto se ha llevado
      Muchas gracias! Me encanta que te encante jajajaja un besito

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  3. Hola bonita, ya sé que te he comentado en el III, pero como te he dicho no te comenté porque lo leí con el móvil. No tengo más que decirte que continúes, porque lo haces super genial.

    Un besote enorme :)

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    1. Muchísimas gracias por los ánimos, son muy importantes para mí <3 Un saludo!

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